Atlas de la Realidad: del universo a las preguntas sobre nuestra existencia
«No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida equivale a responder la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce, viene después».
Así empieza El mito de Sísifo, de Albert Camus. No parece que el autor tuviera demasiadas dudas acerca de qué cuestiones deberían ocupar nuestro tiempo y cuáles pueden esperar.
Hace mucho tiempo que leí el libro, varias veces, y, como les ha ocurrido a otros lectores, me impactó; por eso me llamó la atención encontrar una reflexión relacionada con aquella lectura al comienzo de El tejido del cosmos, de Brian Greene, uno de los mejores divulgadores científicos. Greene cuenta cómo el libro de Camus le hizo pensar sobre la relación entre nuestra comprensión del universo y las preguntas acerca de nuestra existencia.
La conexión me gustó especialmente porque Greene viene a plantear una perspectiva que me resulta atractiva: aquello que Camus relega a un segundo plano —las dimensiones del mundo y las propiedades de la realidad física— puede ser precisamente una de las cosas que nos ayuden a pensar mejor sobre las cuestiones fundamentales.
No es que conocer la curvatura del espacio-tiempo vaya a resolver el problema de si merece la pena vivir. Tampoco parece probable que una ecuación de la física nos proporcione, por sí sola, un sentido para nuestra existencia. Pero ¿y si comprender mejor el universo cambia la manera en que formulamos las preguntas, o modifica nuestra perspectiva sobre algunas de las respuestas posibles?
A mí, al menos, me parece que merece la pena explorarlo. Y, puestos a estudiar el universo, tampoco veo por qué habría que renunciar de antemano a preguntarse qué podemos concluir de todo ello.
¿Qué puede decirnos la física sobre la realidad?
Me interesa la física no solo por lo que nos permite conocer del universo, sino también por lo que ese conocimiento puede decirnos acerca de la realidad de la que formamos parte.
¿Qué son realmente los campos cuánticos? ¿Todo se origina y forma a partir de ellos? ¿Qué significa hablar del origen del universo a partir de la nada o el vacío si esas palabras expresan conceptos diferentes según quien las interpreta?

Y podríamos seguir. ¿Qué podemos concluir del ajuste fino de determinadas constantes físicas? ¿Es una prueba inequívoca de un diseñador o creador? ¿Puede aportar algo la hipótesis de un multiverso para explicarlo? ¿O el propio planteamiento del problema necesita ser revisado?
Son preguntas diferentes, aunque relacionadas. Para abordarlas con un mínimo de rigor creo que merece la pena moverse en la frontera de la ciencia y la filosofía, teniendo claros sus límites.
Vaya por delante que no presupongo ni la existencia de un diseño ni que baste con invocar los procesos naturales para responder todas esas preguntas. Tampoco doy por hecho que un universo creado tenga necesariamente un sentido ni que necesitemos suponer una creación para encontrarlo. Esto entra ya en el terreno de las visiones del mundo y las creencias personales y queda fuera del ámbito de este proyecto.
El mapa y el territorio
Hay una conocida máxima de Alfred Korzybski:
«El mapa no es el territorio».
La frase se ha utilizado en muchos contextos, pero creo que viene bastante bien para describir una de las cuestiones que me interesan.
La física construye modelos matemáticos extraordinariamente eficaces para describir y predecir fenómenos. Pero ¿qué relación tienen esos modelos con la realidad que pretenden describir? ¿Son representaciones aproximadas de algo que existe con independencia de ellos o debemos ser más cautos cuando pasamos de su eficacia predictiva a afirmaciones sobre qué existe realmente?
No pretendo resolver esas cuestiones, pero conviene distinguir entre el modelo, los resultados que obtenemos al usarlo y las interpretaciones que hacemos de ellos. A veces el recorrido es relativamente corto. Otras veces encadena observaciones, modelos, hipótesis adicionales, extrapolaciones e interpretaciones filosóficas. Y no todos esos pasos tienen el mismo respaldo.
Lev Landau lo expresó con ironía:
«Los cosmólogos con frecuencia se equivocan, pero nunca dudan».
No sé si la frase hace justicia a los cosmólogos, que también deben de tener sus días malos, pero sí apunta a una tentación bastante humana: presentar con mucha certeza conclusiones cuyo recorrido argumental es bastante más complejo de lo que parece.
De todas estas reflexiones nació el Atlas de la Realidad.
Un atlas para explorar las inferencias
El Atlas es un proyecto personal de aprendizaje y divulgación que pretende examinar cómo pasamos del conocimiento científico a determinadas afirmaciones sobre el mundo y el universo, y qué implicaciones filosóficas y existenciales pueden tener esas afirmaciones.
No es un curso de física ni una enciclopedia científica, aunque para seguir algunos de sus recorridos contiene explicaciones sobre conceptos y teorías físicas. La idea es organizar el contenido alrededor de preguntas y argumentos, reconstruyendo el razonamiento que conduce a una conclusión y examinando qué justifica cada uno de sus pasos.
Eso supone distinguir entre lo que observamos, lo que nuestros modelos describen, lo que inferimos a partir de ellos y lo que añadimos al interpretarlos. También implica preguntarse qué supuestos estamos utilizando, qué otras explicaciones podrían ser compatibles con los datos y qué es lo que realmente no se sigue de una determinada conclusión.
Este objetivo se acerca a lo que se denomina filosofía de la ciencia que no tiene precisamente una reputación unánime entre los físicos. Por ejemplo, a Steven Weinberg se le atribuye esta comparación:
<<La filosofía de la ciencia sería para los científicos tan útil como la ornitología para los pájaros>>.
Y antes, Richard Feynman había dejado alguna perla en este sentido:
<<Los científicos son exploradores. Los filósofos, turistas>>.
Curiosamente, ambos dedicaron bastante tiempo a reflexionar sobre las implicaciones conceptuales y filosóficas de la física.
Aunque las dos frases podrían entenderse como una crítica a este proyecto, no las tomo por tales. Coincido con la idea de Weinberg: el Atlas no intenta aportar nada al avance de la física; no es su objetivo.
Entiendo a Feynman en su rechazo a un tipo de filosofía que especula sin evidencias, con conceptos abstractos poco definidos que, por su naturaleza, no pueden contrastarse. El Atlas no está en esa línea.
No obstante, leyendo sus libros, intuyo que ambos pensaban que, cuando el físico llega al límite de sus ecuaciones, inevitablemente tiene que hacerse preguntas filosóficas.
Aprender construyendo
Hay otra motivación, más personal, detrás del proyecto.
Como conté anteriormente en un artículo, retomé el estudio de la física hace unos años. Aunque me licencié en esa disciplina, mi trayectoria profesional se ha desarrollado en otros ámbitos. Volver a estudiarla supone recuperar conocimientos que tenía bastante olvidados, reconstruir otros que no llegué a asimilar del todo y aprender temas que no estudié en su momento.
Desarrollar el Atlas me permite dar una estructura concreta a esa autoformación. Cuando uno intenta explicar algo, tiene que decidir qué quiere contar, qué conceptos necesita introducir y cuáles dejar fuera. Debe revisar y contrastar afirmaciones, detectar errores y, en definitiva, organizar el razonamiento para crear un argumento lo más claro, sólido y coherente posible.
La idea no es descubrir por mi cuenta lo que otros llevan décadas estudiando, sino obligarme a comprenderlo suficientemente bien como para poder explicarlo, examinar sus implicaciones y reconocer lo que todavía no entiendo. Que tampoco es poco trabajo.
La IA como parte del equipo
Hay algo que quiero dejar claro desde el principio: el Atlas se ha desarrollado con un apoyo significativo de inteligencia artificial. No es un detalle que pretenda ocultar; de hecho, sin ella no habría emprendido un proyecto de estas características.
Aunque ya no me dedique a tiempo completo a una actividad profesional y pueda compaginar el proyecto con otros intereses, mi disponibilidad es limitada. La IA me permite abordar múltiples tareas que no habría podido completar por mi cuenta, con ese nivel de calidad y en un tiempo razonable.
Mi interés no se limita a utilizarla para producir contenidos. También quiero explorar sus posibilidades y limitaciones: qué puede aportar como herramienta de aprendizaje, cómo trabajar con ella, cómo puede asesorarte o confrontar ideas contigo y qué problemas aparecen cuando se intenta mantener la coherencia en un proyecto amplio.
Al final, he acabado adoptando una manera de trabajar que me resulta familiar por mi perfil profesional. Considero la IA (a veces distintas IA, cuando contrasto resultados) como un equipo de proyecto al que dirijo. Según la tarea, le asigno distintas funciones: asesoría para discutir ideas, ayuda en la investigación y la redacción, revisión de contenidos, ilustración gráfica, diseño o programación web.
Como cualquier labor en equipo, exige dirección para conseguir unos resultados concretos y supervisión para comprobar lo que se produce. Más con la IA que puede generar respuestas muy convincentes, pero incorrectas, inventar referencias, pasar por alto objeciones importantes o incluso tomar derroteros que se apartan de las especificaciones que le habías fijado. Sus aportaciones suelen ser muy buenas, pero no son una garantía de rigor ni de consistencia.
Un proyecto en construcción
Aunque el Atlas está solo empezando a tomar forma, ya hay una cuestión que he publicado: la inflación eterna, el multiverso y el problema del ajuste fino. Progresivamente vendrán más casos de estudio y nuevas funcionalidades con el objetivo de hacer de esta web una herramienta más útil y completa.
Ya he dejado claro que este es un proyecto de aprendizaje. No me presento como investigador profesional ni como una autoridad en física ni mucho menos en filosofía. Lo que sí pretendo es cuidar el planteamiento: hacer explícitos los argumentos, distinguir los distintos niveles de inferencia y no ocultar las incertidumbres detrás de una explicación demasiado redonda.
En definitiva, el Atlas es una forma de dar continuidad a una curiosidad intelectual que combina la física con preguntas sobre la realidad y nuestra existencia. Me permite aprender, poner a prueba lo que creo saber, experimentar con una herramienta nueva y construir algo que otros puedan consultar; espero que pueda servirle a más gente para comprender mejor una idea, descubrir un argumento que desconocía o encontrar una referencia que le anime a seguir aprendiendo e investigando.
No sé hasta dónde llegará el Atlas. Seguramente sea como el viaje a Ítaca: lo importante no es alcanzar el destino, sino lo que vayamos descubriendo en el camino.


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